Los turistas de todo el planeta se orientan cada vez más hacia destinos originales, es decir, aquellos capaces de transmitir los rasgos sobresalientes de una identidad local. Eso -dicen los que saben- ayuda a contrarrestar los grises de un mundo cada vez más uniforme. Así, alentadas por un tipo de cambio favorable, provincias como Salta y Jujuy han sabido aprovechar esta tendencia, impulsando la entrada de turistas extranjeros con infraestructuras y ofertas nunca antes vistas. Pero sobre todo supieron capitalizar un aspecto que en Tucumán está anestesiado: el rescate del patrimonio. Días atrás un grupo de 45 jóvenes de distintos puntos de la provincia fueron convocados por la Red de Museos y el Ente Cultural para debatir aspectos vinculados a la conservación del patrimonio cultural. Y la respuesta fue de lo más satisfactoria, lo cual demuestra que en las nuevas generaciones existe la voluntad no sólo de conservar el legado patrimonial de nuestra ciudad, sino también de darlo a conocer.

Hoy, turismo y patrimonio forman una sociedad que puede dar jugosos frutos. Una sociedad que a veces no es aprovechada. Porque Tucumán no es sólo la Casa Histórica, los menhires o la estatua de la Libertad. Hay un sinúmero de tesoros, tanto en la ciudad como en los museos, que son prácticamente desconocidos para los mismos tucumanos. Muchos ignoran, por ejemplo, que en la Casa Padilla existen sorprendentes colecciones de porcelana china que dejan sin aliento hasta al más desprevenido visitante. O que el Museo Folklórico alberga una de las más bellas colecciones de artesanías en tejidos y cestería. Otros desconocen que el Museo Histórico Nicolás Avellaneda, además de exhibir la impresionante colección de carbonillas de Lola Mora, es un claro ejemplo de arquitectura colonial: el edificio, llamado "la casa de las 100 puertas", carece de ventanas y fue construido en 1835. O que el Museo Archivo Elmina Paz de Gallo cuenta con objetos que recrean la vida cotidiana del Tucumán del siglo XIX.

Tesoros olvidados

Pero no sólo los museos resguardan la historia tucumana. La ciudad también encierra, entre sus calles y avenidas, valiosos objetos patrimoniales. Desde las famosas estatuas de la Libertad y de Alberdi, hasta el Cristo de San Javier o los majestuosos mausoleos del cementerio del oeste. Y ese es justamente el patrimonio más descuidado. Basta con echar un vistazo rápido al derruido Complejo Sarmiento, al abandonado parque Percy Hill, a la ya casi invisible Primera Confitería o al siempre problemático parque 9 de Julio para concluir que al Estado le importa muy poco el patrimonio. O le importa de una manera parcial y selectiva.

Lo cierto es que ningún funcionario parece comprender que cada bien patrimonial es como un eslabón de una gran cadena. Si uno de estos eslabones pierde calidad, se perjudica el resto. En épocas de crisis -y la Argentina hace tiempo que no puede despegarse lo suficiente de ellas- debería tomarse el ejemplo de naciones castigadas por la depresión económica y la falta de trabajo, que lograron repuntar a partir del diseño de novedosas rutas de turismo de patrimonio. Países como Gran Bretaña, llegaron a convertir fábricas abandonadas en museos que hoy reciben multitudes. Una alternativa para nada descabellada en una provincia como Tucumán, motorizada por la industria azucarera y citrícola. Salta, sin ir más lejos, transformó en museos las bodegas de Cafayate y creó a su alrededor la llamada "ruta del vino", que gana cada vez más adeptos. Sólo es cuestión de revalorizar los bienes patrimoniales abandonados y darles un nuevo sentido. Se lo debemos a las futuras generaciones.